octubre 31, 2011

Alimentando la leyenda negra...

No soy capaz de separar lo divino de la meramente terrenal, y aunque el rock and roll sea la cuna en la que mezo mis sentimientos, me cuesta trabajo abstraerme para concentrarme en el sonido de la música, pues me persigue la obsesión de divinizar a quienes están dotados de las cualidades de hacer que me sienta mejor, acompañando los pasajes de la vida con las melodías que emanan de sus voces o de sus instrumentos.

El rock and roll es mi religión, y aunque tenga presentes las ‘enseñanzas’ de un iconoclasta como Frank Zappa, me empeño en construir ‘mitos’, en hacer dioses de personas, elevando al infinito mi admiración, sin tener en cuenta las consecuencias perniciosas de la deificación, aquellas que han llenado los altares de estrellas, que no supieron o no pudieron soportar, como de seres humanos, convertirse en dioses de la guitarra, dioses de la música…

La leyenda negra no solo se sustenta en esa frase célebre de ‘sexo, drogas y rock and roll’, pues aunque mi firmamento esté lleno de algunas estrellas que se apagaron en la tierra a causa del mal azar, al que todos inexorablemente estamos sometidos, muchas otras se apagaron al entrar en una espiral de reconocimiento exacerbado, que ‘sin querer’ les asignaba roles que no les pertenecían como seres terrenales y que les urgían a cumplir con el papel de super-hombres/super-mujeres.

Muchos de ellos, Elvis Presley, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, Kurt Kobain, Amy Winehouse, Gary Moore… en su inmensa sensibilidad como personas, aquella que les faculta para escribir piezas atemporales de música, o tan solo cantarlas para deleite de los demás, utilizaron un coctel pernicioso para evadirse del papel de dioses mediáticos que se les había asignado, un coctel de sustancias que, finalmente, les alejó del mundo terrenal y les hizo lucir en el firmamento musical, privándonos de su presencia, y por tanto del placer de seguir escuchando sus antiguas y sus nuevas canciones hasta el infinito…

Trato de enseñar, a quienes están a mi cargo, que las personas no dejan de ser tales, aunque demuestren dotes especiales para hacernos la vida más fácil a los demás con su arte o con su ciencia, pero para mis adentros reconozco mi propio cinismo, pues no cumplo con lo que predico, porque, pese a mis intentos de ser fiel a las razones que doy a los demás, sigo construyendo ‘mitos’ por doquier, cada vez que escucho un disco que llega a mis manos y con cuyo contenido me deleito.

Debería de concentrarme en la sensación de satisfacción que me produce escuchar la música, tratando de evitar el instinto innato de idolatrar, convirtiendo éste en simple admiración por quién es capaz de poner una nota junto a otra y un estribillo junto a una estrofa, para así no sentirme, en algún forma, participe de la leyenda negra del rock and roll.

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