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mayo 29, 2014

Mongrel (1970).

4 comentarios
 No se puede decir que los primeros discos de Bob Seger sean fáciles de encontrar a un precio razonable, y menos aquellos tres en los que el ‘System’ se colocaba tras el nombre del músico de Michigan, en cuyo caso hacerse con una copia en estado decente supone una rascada de bolsillo considerable; pues desde que se cayeron del catálogo de Capitol, hace ya ni se sabe el tiempo, salvo alguna reedición puntal de poca tirada –la realizada por el sello argentino Lost Diamond, por ejemplo- el mercado está prácticamente huérfano de copias.

Quizás hayan sido motivos meramente comerciales los que han invitado al músico norteamericano a no poner en marcha una nueva tirada; también puede ser que los álbumes de su época con la Silver Bullet Band sean más apreciados y demandados por los fans o que, simplemente, los malos recuerdos de momentos de dificultades económicas y familiares de esa época seminal hayan actuado a modo de leitmotiv, empujándole a obviar esos años en los que se empezó a escribir una historia musical llena de gestas; que con excelente sabor ha quedado en la memoria auditiva de algunos apasionados del rock and roll, como yo.

Llevo anclado a Mongrel más de treinta años desde que, más por curiosidad que por pericia, me hice con mi primera copia en cassette de la que, y tras escucharla, quedé prendado a partes iguales influido por la fiereza y el feeling melancólico que se denotan en esa voz rasposa y sesgada llena de matices. Mi primer abordaje fue como destapar una caja de sensaciones nuevas, en unos tiempos el los que el plato fundamental de mi menú musical estaba compuesto por riffs potentes, solos infinitos al teclado, guitarra o batería.

En Mongrel los aromas del rock made in america se inhalan al escuchar cada nota, cada compas, cada tema, porque las moléculas que integran las ondas sonoras se constituyen conjugando el blues y el soul armónicamente. La voz de Seger es recia pero denota un halo de tristeza, las guitarras sucias y distorsionadas –a cuyos mandos se encuentra tanto en la vertiente rítmica como solista- se mezclan con el sonido chirriante de los teclados de Don Watson invocando el rock pantanoso de las tierras del sur; la música de esas tierras que, más adelante se convertirían en lugar casi habitual de peregrinaje, cada vez que intentaba juntar unas cuantas canciones para poder conformar un álbum.

En cuanto a sonido podría pensarse que no fueron utilizados demasiados recursos de producción por contar con un exiguo presupuesto que facilitase dotarle de una sonoridad más diáfana y clara, aunque precisamente es en esa crudeza dónde para mi radica la verdadera entidad de este álbum.

La lírica de los temas conduce por distintos derroteros, desde las alusiones a los referentes musicales describiendo un viaje hipotético sin equipaje al corazón de Atlanta en Song To Rufus, el rechazo y la incomprensión en una balada amarga como Evil Edna o la firmeza de convicciones en un alegato a favor de la libertad de pensamiento en Leaning on My Dream, cerrando con propiedad con un himno que me acustumbré a escuchar en las voces de Ike & Tina titulado River Deep Mountain High.

Sin duda un álbum especial entre una discografía plagada de números uno; que sigue manteniendo la vigencia a cuarenta años de su publicación. Fresco, crudo, potente y vigorizante… Que más se puede pedir.

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