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octubre 24, 2014

Surfeando sobre 'Folson Prison Blues'.

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Decía un prolífico compositor llamado Frank Zappa que ‘escribir sobre música es como bailar arquitectura’. Dejando a parte las connotaciones dadaístas e idiosincráticas contenidas en la frase, es justo reconocer que no le faltaba razón al hacer una afirmación de esa naturaleza; y lo dice alguien como yo que, sin tener pajolera idea de arquitectura, se metió hace tiempo en el pellejo de un bailador amateur para narrar las sensaciones que le procuran escuchar un disco o disfrutar de un concierto. 

El otro día jugando con la melodía y el ritmo de Folson Prison Blues fui plenamente consciente de lo difícil que es surfear por un tema como éste y conseguir llegar a la orilla, incluso contando con que han pasado más de cincuenta años de su aparición y la técnica ha evolucionado hasta el punto de poder suplir las limitaciones en la técnica de ejecución, facilitando la posibilidad de emular el twang tan particular de la guitarra de Luther Perkins.

Es en ese instante preciso cuando uno percibe claramente lo difícil que es interpretar música y lo difícil que debe ser crear una pieza musical de la nada, y lo fácil que es juzgar, bailando arquitectura, lo que está bien o está mal, escribiendo sobre música. No es extraño que Zappa, o cualquier otro músico, eche humo por las orejas y con frases como esta muestre manifiestamente su cabreo con la incomprensión del crítico o con las palabras apáticas poco acertadas del periodista.

En nada me puedo comparar con el crítico o el periodista, mi intención cuando escribo sobre música tiene más que ver con mis propias emociones que con lo que objetivamente pueda pudiera opinar sobre un álbum o tema concretos; pero creo que es un buen momento, como pudiera serlo cualquier otro, para hacer un poco de autocrítica y pedir disculpas por los agravios que –sin malicia- pudiese haber causado, olvidando todo lo que más arriba reconozco, cuando conté sensaciones o dispensé atributos.

A estas alturas de mi vida, nunca llegaré a ser ni el cero coma uno por ciento de lo magnifico que fue Johnny Cash, con sus aciertos y sus errores, pero lo que si se es que mi vida no sería la misma sin canciones como esta:


Feliz fin de semana.

octubre 06, 2013

Tocando la linea del cielo de Nashville.

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Entrar a fondo en el mundo de las melodías musicales es como penetrar en una espiral, aunque en ambos casos tienes claro cual es el punto de partida, en la música no está tan claro cual es el final de camino, cual es el último punto en el espacioMuchas veces te sorprendes son infinitas punto final va a aparecer en algente conmue no tienes claro es las vueltas que vas a daúlti o si este punto final va a aparecer en algún momento.

Muchas veces te sorprendes volviendo a tus inicios, retomando los clásicos, rescatando viejos álbumes a los que parecía que te habías acostumbrado y que te habían dejado de sorprender. Algo de esto me ocurre últimamente, retorno a mis orígenes musicales como si volviese atrás en la elipse, recuperando viejas canciones con las que una vez toqué y ahora vuelvo a tocar el cielo.

Como escribió el propio Johnny Cash, un tipo muy dado -como bien sabéis- a dedicatorias y reflexiones, en la contracubierta de esté fantástico álbum que repito insistentemente sin hastío:

Hay personas que no se pueden imitar,
que son inimitables
pero a las que puedes emular
para intentar expandir la luz de un destello original…

Aunque como es evidente estas palabras derrotan admiración por doquier, nunca parecen excesivas si quedaste enganchado en las melodías de Nashville Skyline.

Puede que Mr. Zimmerman, tenga álbumes memorables, llenos de clásicos universales como The Freewheelin’, pero las tonadas que componen Nashville Skyline rebosan autenticidad y frescura, pese a que hayan transcurrido más de 40 años de su publicación.  Están poseídas de la esencia musical propia de la ciudad rememorada, aromas propios que flotan en el aire y que proceden del ragtime de las acústicas, de las pinceladas de piano y melodías de pedal steel, aroma omnipresente en casi todas las composiciones, de las que es una muestra particular la casi homónima Nashville Skyline Rag.

La voz de Dylan, esa en la que tantos registros nasales distintos hemos apreciado durante todos estos años, desnudó su guturalidad habitual para la ocasión, sonando como la de un perfecto country crooner, quizás con el propósito de colocar a este disco en un contexto musical distinto a sus anteriores trabajos.

De la colaboración, en las sesiones de grabación en los estudios de Columbia Records, con Johnny Cash solo aparece la revisitada Girl From The North Country, que, aun siendo armónicamente simétrica a la contenida en The Freewheelin’, suena estética y sentimentalmente distinta, con un halo romántico y de añoranza especial. La alegría de amanecer a un nuevo día de la que se viste Peggy Day se ensombrece con suavidad por el deseo vehemente que posee la declaración hecha en Tonight I’ll be Staying Here With You. Clásicos extraídos en compilaciones una y mil veces como Lay Lady Lay, en nada hacen de menos a otras composiciones redondas como To Be Alone With You o One More Night, que en los primeros compases recuerda a otro mago de las letras y melodías, que en ocasiones se enmascara bajo el seudónimo Bernard Shakey*. 

Nashville Skyline es un clásico que brilla como si fuese un disco recién parido, cuyos sonidos son equiparables al sabor de un buen brandy añejo; posee esa esencia, esa formula mágica a la que siguen recurriendo gente como Bob Wayne o Hank III. Parafraseando el título de la canción Me gustaría quedarme con Nashville Skyline esta noche. Y todas las demás…

*Neil Young.

febrero 07, 2013

El lado bueno de las cosas.

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Las nominaciones a los Oscar, además de levantar expectación, suelen ayudar en ocasiones a decidir por qué película decantarse de las que figuran en la cartelera semanal, salvo que seas un detractor nato del cine americano, en cuya situación no me encuentro particularmente, aunque he de reconocer que la combinación de ambos, cine americano+nominaciones, suele pesar sobre mi conciencia como una losa, más que ser un acicate a la hora de hacer una elección.

La interpretación de Bradley Cooper, al igual que la de Jennifer Laurence, es buena pero no sobresaliente y pese a la expectación despertada, tanto las interpretaciones como la historia no aportan nada nuevo a lo que habitualmente nos tiene acostumbrados Hollywood.

El argumento es la típica historia de chico busca chica y viceversa, cuyo nudo principal es la relación tormentosa entre ambos que, pese a las vicisitudes, acaba culminando, como no, en un final feliz; la historia eterna de la comedia americana. Aunque previsible en el desenlace se deja disfrutar sin resultar pesada ni demasiado melosa, y alcanza para pasar una buena tarde de fin de semana, si no tienes en cartelera una historia más auténcia y novedosa o si te apetece relajarte sin devanarte los sesos.

En cuanto a la banda sonora, cabe destacar algunos temas intercalados en el metraje, como el compuesto e interpretado por la nueva promesa sureña Alabama Shakes Always Allright, junto a clásicos de la talla de  Girl From The North Country, interpretado al alimón por Bob Dylan y Johnny Cash, el What Is and What Should Never Be de Led Zep o The Moon of Mamakoora de Les Paul & Mary Ford.

Un drama romántico que se deja ver sin tirar cohetes, ensalzado en demasia por la promoción con la que cuenta y con la que, por supuesto,  le ha proporcionado encontrarse entre las nominadas por la academia de cine americano.

Uno de los momentos musicalmente más brillantes:

agosto 19, 2011

'En la cuerda floja', en directo en prisión...

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Johnny Cash era para mi un ‘gran’ desconocido, hasta hace, relativamente, poco tiempo; conocía pocas de sus canciones, poco de su vida y legado, si bien, le colocaba en su sitio natural, junto a clásicos de la música popular norteamericana, como Hank Williams o Waylon Jennings.

La primera oportunidad que tuve de adentrarme en su mundo, en su música y en su vida, fue en el invierno del 2005, cuando una fría tarde de invierno entré en el cine con la intención de pasar una tarde de domingo y opté, de entre las opciones de cartelera me ofrecía, por ver la película de Janes Mangold ‘En la cuerda floja’, en la que Joaquin Phoenix interpreta el papel de Cash y Reese Whiterspoon el de June Carter (que quizás ya habréis visionado -si no es así, os lo recomiendo-), y que trata sobre la juventud, la adición a las drogas y la tormentosa relación con June Carter de Johnny Cash.

Recuerdo que Mangold utilizaba el concierto de en la Prisión californiana de Folsom, para poner punto y final a su película, y punto y seguido en la historia de Cash, dejando la puerta abierta a posteriores aventuras cinematográficas, que él mismo o cualquier otro pudiese intentar en el futuro.

Esta película me dejó la inquietud de explorar el universo musical de Johnny Cash, que he ido postergando en el tiempo involuntariamente, hasta que hace pocos días encontré entre las estanterías de una tienda de discos una caja del sello Legacy que contiene dos discos simbólicos del músico estadounidense: At Follsom Prison y At San Quentin.

Como bien sabréis, se trata de las grabaciones de las actuaciones que Johnny Cash deseaba hacer desde que, a mediados de los cincuenta, escribiese ‘Folsom Prison Blues’ (que abre el primero de ellos) y que su productora le había negado, hasta que en el año 67, los cambios en el staff de Columbia Records, pusieron al frente de su producción musical a Bob Johnston, quién encantado con la idea, se puso en contacto con ambas prisiones para realizar los conciertos, que hoy podemos disfrutar en estos álbumes de los que hablo.


At Folsom Prison, corresponde a la reedición que Columbia hizo del original (publicado en 1968) en el año 1999, en el que podemos disfrutar de además, de los temas de la edición original, de tres temas adicionales Busted, Joe Bean y The Legend o John Henry’s Hammer, y de las notas del interior manuscritas por el propio Cash, de las añadidas posteriormente por el autor y de las hechas para la reedición, por otro ya clásico del country, Steve Earle.

At San Quentin, también, corresponde con la reedición del original (publicado en 1969) que se publicó por Columbia en el año 1999, en el que a los temás originales, se le unen Big River, i Still Miss Someone, I Don’t Know Where I’am Bound, Folsom Prison Blues, Ring Of Fire, He Turned The Water Into Wine, Daddy Sang Bass, The Old Account Was Settled Long Ago y el Meddely: Folson Prison Blues/I Walk The Line/Ring Of Fire/The Rebel-Jonny Yuma. Las música se ilustra con las notas de Cash, June Carter Cash, Marry Stuart y Lou Robin.

Dos álbumes míticos en los que Cash se acompaña de la banda con la que en aquella época giraba constantemente por tierras estadounidenses, integrada por June Carter y la familia Carter a las voces, Marshall Grant al bajo, W.S. Holland a la percusión, Carl Perkins a la guitarra, Bob Wootton a la guitarra y los hermanos Statler a los coros.

Dos grandes discos que seguro forman parte de la colección de los grandes amantes de la música country, en particular, y de la buena música en general, que ocupan desde hoy un lugar privilegiado en mi colección.


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