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abril 27, 2015

Schizophrenia (1967).

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Wayne Shorter es un músico obsesivo con la perfección que trabaja a fondo sus composiciones construyendo melodías sobre complejas progresiones modales. Dicho tal cual, quizás esta cuestión pueda actuar como un obstáculo a la hora de enfrentarse a un disco de jazz como éste, plenamente indicado para romper con la rutina y despedirse por un momento de los esquemas tradicionales establecidos para un género como el rock and roll, por ejemplo.

Encuadrado dentro del post-bop –un subgénero musical popularizado a partir de mediados los sesenta por un grupo de músicos atraídos por la libre experimentación que tenían entre sus referencias fundamentales a John Coltrane-, Shorter se formó como saxofonista como parte integrante del núcleo de los Jazz Messengers de Art Blackey y del segundo quinteto de Miles Davis, siguiendo los dictados de su propia filosofía y visión peculiar de la música, en la que la idea fundamental es que el progreso individual en la disciplina musical se consigue a través del propio trabajo pero también de la interacción con otros músicos más experimentados; lo que le llevó desde el principio de su carrera a prodigarse entre combos clásicos como los de Horace Silver, el ya mencionado, de Art Blackey y junto a saxofonistas como Sonny Rollins o el propio Coltrane.

En Schizophrenia se une al núcleo rítmico del segundo quinteto de Miles Davis, el bajista Ron Carter y el pianista Herbie Hancock, quienes ponen el contrapunto perfecto para que Shorter, fundamentalmente, junto a James Spaulding –saxo y flauta- y Curtis Fuller –trombon-,  se explaye extensamente en un amalgama de multicoloristas improvisaciones que se resisten a las etiquetas, en las que los esquemas del blues con cierto regusto funk también están presentes. Thom Thumb se me antoja como la pieza fundamental, la encargada de abrir un universo muchas veces por descubrir –el del jazz- y ponerte en situación para degustar una avalancha de sensaciones. Go se desenvuelve con una melodía principal que invita al relax y que propicia el viaje de los distintos instrumentos hasta los límites del free jazz; abriendo la puerta a un mundo de contrastes en los que se convierte la homónima, Schizophrenia, encaja esquemáticamente a la perfección con la siguiente pieza, Kryptonite, la única composición ajena y atribuida al propio Spaulding, quién se suma en un continuo interplay de escalas en la flauta con el tenor de Shorter.

Un disco fascinante, magnético y enriquecedor; una de esas obras destinadas a hacerte saborear el placer de penetrar a fondo en el universo del jazz.

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